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sábado, 4 de julio de 2009

HOMENAJE A UNA ESPOSA DE SOLDADO


Hoy fue un día triste en Osorno, especialmente para una generación de soldados que, en cumplimiento de nuestro juramento a la Bandera, un día ayudamos a Chile a salir de la oscuridad a que nos llevaba una ideología perversa. Hoy, se llevó a cabo el funeral de la Sra. María Elena Marín de Wenderoth (Q.E.P.D.), esposa del distinguido Coronel de Ejército don Rolf Wenderoth Pozo, quien – junto a otros camaradas de armas – cumple una injusta condena en el penal Cordillera.

Habiendo sido Comandante del Regimiento Arauco y Gobernador de la Provincia de Osorno, la triste noticia causó impacto en una comunidad que conoció de su impecable gestión y de la leal y desinteresada acción social desarrollada por su distinguida esposa. Fue mucha la gente que asistió a la misa y al sepelio, acompañando a nuestro camarada, quien contó con la autorización reglamentaria del Director de Gendarmería, no así con la respetuosa benevolencia que se merecía, al ser obligado a viajar en un carro celular y a pasar la noche en la prisión local.

Alguna prensa servil, como la Radio Bío-Bío, puso empeño en destacar la presencia en la zona del “condenado”, difamándolo reiteradamente en vez de informar sobre la bella persona que dejaba este mundo. Constituye ello una muestra más de la bajeza moral que nos acompaña desde el advenimiento de la mal llamada “alegría”, cuando se acabó el tiempo del orden, del respeto, de la tranquilidad y de las cosas bien hechas, entrando en escena una arrolladora sed de venganza, en la que la implacable campaña de desprestigio de los nuevos “empoderados” se ensañó con los que habíamos luchado contra los enemigos de Chile. Por desgracia, el efecto de esta ofensiva asimétrica no se limitó a los militares, si no que terminó acorralando ignominiosamente al sector de la sociedad que alguna vez clamó por nuestra intervención y respaldó nuestros actos.


La familia Wenderoth – Marín, al igual que muchas otras de nuestra generación, fue testigo de la involución de un entorno ayer lisonjero y complaciente y hoy plasmado en murmullos quejumbrosos, expresados entre cuatro paredes, sin convicción y sin la pasión con la que alguna vez defendieron sus derechos y acompañaron a los soldados en la recuperación de Chile.

Ante tal abandono y frente a una acción judicial inmisericorde, su esposo – como era de esperar - terminó arrancado de su lado para ser encarcelado. No importó que las pruebas fueran solo de “oídas” o que las presunciones no tuvieran el menor sustento jurídico. Se trataba simplemente de venganza. No interesa al moderno vengador quien es la persona objeto de su revancha ni si realmente hizo algo punible. El asunto es que vistió uniforme y con ello basta para ser merecedor del odio y destinatario de la ponzoña que les aplican en los abusivos procesos a que son sometidos.

Pese a su impecable paso por la vida, a esta distinguida dama osornina, esposa, madre y abuela y a su brillante esposo, les negaron el derecho a vivir en paz y al calor de su vida familiar. Su noble corazón no pudo aguantarlo, prefiriendo partir a un mundo mejor, donde esperará a su marido, para cuando llegue liberado para siempre de los injustificados cargos que le imputa la miseria humana.

Lo que hicieron algunos resentidos puede ser justificado por ellos diciendo que también sufrieron y no faltará el ingenuo que – sin ser parte de su comparsa doliente – sienta solidaridad por ellos. Sin embargo, los verdaderos responsables de que esto suceda no son los que cometieron los supuestos crímenes ni quienes se los ordenaron. Son los miembros de una sociedad incapaz de resolver sus diferencias por medio del debate respetuoso que ofrecen las instituciones fundamentales del estado. Son aquellos que - debiendo evitarlo – hicieron escalar la crisis de los 70’s, dejando de velar por el bien común hasta obligar a la intervención militar. Hoy, nadie quiere recordar su propia culpa y deja que la venganza fluya sin obstáculos, sin resistencia, sin oposición….como si nada hubiera ocurrido ante sus ojos.

El dolor y la injusticia que terminó causando la muerte de la Sra. María Elena seguirán existiendo en las esposas de muchos soldados y la sociedad chilena seguirá mirando hacia otro lado, mostrando una áspera incomodidad cuando se toca el tema. Nadie hará nada ni exigirá que se ponga término a la agresión cobarde – eso sí – hasta que llegue el próximo conflicto, cuando de nuevo buscarán con desesperación el apoyo de almas fuertes y desinteresadas que – al estilo del gato – saquen las castañas del fuego para que ellos no se quemen.

El sacrificio silencioso y digno de la señora María Elena Marín de Wenderoth (Q.E.P.D.) no ha pasado desapercibido para los ojos de quienes tenemos el corazón bien puesto en medio del pecho. Sufrimos su partida por el dolor de saber que ella fue prematura y lejos de su ser amado, separada por los barrotes de la injusticia. Sin embargo, su dignidad nos deja una lección que nos impele a ser mejores cada día, al enseñarnos que el Honor verdadero jamás es derrotado, puesto que quien quiere humillar necesita a otro al frente para que acepte la humillación. Ella, como muchos que la han precedido, les ha negado a los villanos el placer de seguir solazándose en su cobarde venganza. Desde donde esté, le pedimos ayuda para encontrar el camino que nos permita recuperar la libertad de nuestros camaradas prisioneros de la mal llamada “democracia”, en especial de su esposo, nuestro Coronel Rolf Wenderoth Pozo.

La Sra. María Elena, al partir calladamente y sin escándalos de este mundo debe hacer sentir a muchos una vergüenza de aquellas que en la intimidad de sus pensamientos no pueden dejar de reconocer. Vergüenza, por no haber sido capaces de devolver la mano a quienes un día sacrificaron su juventud y su vida familiar para salir a ofrecer sus pechos en defensa de la sociedad amenazada.

Ya hace tiempo que nos dejaron solos y ella no merecía seguir sintiéndolo. Por eso nos abandonó en silencio.

Puerto Montt, 3 de Julio de 2009.

Patricio Quilhot Palma

Teniente Coronel ( R )

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