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martes, 10 de noviembre de 2009

LA GRANDEZA MORAL DE TANTA GENTE POBRE


Gente buena

LA GRANDEZA MORAL DE TANTA GENTE POBRE.

Sigue habiendo individuos que ante la creciente delincuencia le echa la culpa a la pobreza económica. Gran error. Pobreza material no es equivalente a miseria económica y mucho menos a miseria moral. Hay que erradicar la miseria material y disminuir los estratos sociales de pobreza. Pero el peor de los males, en cualquier país, es la miseria moral. Y miseria moral existe en todos los niveles económicos. Recordemos los grandes delincuentes de nuestro país, los causantes de la crisis económica mundial y las grandes estafas millonarias de personajes norteamericanos de la alta sociedad.

He tenido la suerte de conocer gente pobre en dinero pero rica en virtudes. En otros países y también aquí. No faltan en el Salvador. Salvadoreñas y salvadoreños pobres han mostrado y seguirán mostrando sus valores humanos ante los frecuentes desastres que se dan en nuestro territorio. Ya lo escribí en anteriores ocasiones. La última vez (ver: «Esa otra “poesía” que ahora vivimos») fue después de la erupción del volcán de Santa Ana.

Revisando mis archivos encontré ahora algo que ocurrió en Perú, en el terremoto que asoló buena parte del país en 2007. Es una historia que nos suena conocida, cercana, familiar, porque historias semejantes han ocurrido aquí, aunque muchas de ellas no fueron publicadas. Lo importante es ver un ejemplo más de que la pobreza material no tiene nada que ver con la maldad moral.
Cuando la tierra de Perú se estremeció brutalmente en aquella noche del 22 de septiembre, Isabel Gameros de Charún, viuda desde febrero de ese mismo año, vio como la fuerza del terremoto hizo que se desplomara gran parte de su casa. Después de comprobar que sus once hijos estaban a salvo dijo: “pero estamos con vida y a ninguno de mis hijos les ha ocurrido nada; tenemos muchos motivos de agradecimiento a Dios”. Una familia salvadoreña después del terremoto de 2001 declaró a un canal de televisión español algo muy semejante. Se habían quedado en la calle pero “daban gracias a Dios por estar todos con vida”. Quedarse de golpe sin nada material y encima darle gracias a Dios, para muchos españoles cómodamente instalados en la cultura del consumismo, fue un terremoto moral en sus conciencias. Eso fue motivo para que Cáritas española recibiera mucha ayuda para socorrer a El Salvador.
Isabel y sus hijos, entre escombros, después de ayudar a los vecinos, se pusieron a rezar el Rosario con serenidad.
Durante varios días sucedieron temblores fuertes, la ciudad se llenó de tierra -debieron derribar varias casas- y mucha gente se quedó sin vivienda. Era el momento de dar consuelo, esperanza y un poquito de alegría a los demás.
“El ejército de los Charún” –cuenta un periodista- “era inconfundible: un grupo alegre, con máscaras protectoras, palas y carretillas, sacando el abundante desmonte de su casa caída, de sol a sol.” El periodista preguntaba: “¿cómo van a hacer? ¿Cómo están tan tranquilos?” Y Odalis, una de las hijas mayores de Isabel, le contestó “que Dios sabe más y no nos abandona”.
Isabel, además de su trabajo como mamá y como cabeza de familia, trabaja como promotora rural de Condoray, una obra corporativa del Opus Dei, dedicada a la promoción humana, social y espiritual de la mujer campesina del Valle de Cañete. Después del terremoto fue a visitar a otras familias, dándoles compañía, enseñándolas a organizarse y a colaborar con Condoray ayudando a unos 800 damnificados.
“En Condoray descubrí –cuenta- que podía ayudar a otras mujeres a mejorar y desde los 19 años me convertí en promotora rural. Lo que aprendo lo transmito en los pueblos: le hablo a cada una y les enseño a amar el trabajo, a ser generosas, alegres, a que superen las dificultades. En la vida hay muchas circunstancias difíciles y no podemos derrumbarnos”. Allí aprendió a tener devoción al Fundador del Opus Dei. “San Josemaría –dice- me enseñó a vivir siempre alegre, a encontrar a Dios en todas las circunstancias, ofreciéndole no solamente lo bueno sino las cosas que de repente para mí podían ser un problema”. Isabel resume el sentido de vida como madre de familia cristiana y promotora rural así: “Durante todos estos años el ejemplo de San Josemaría ha sido guía para mi hogar y trabajo. He comprendido que lo de todos los días se puede santificar y podemos escribir con nuestra existencia ordinaria, una bonita historia de amor a Dios.”
Además de mostrar la grandeza moral de muchos pobres también sirve esta historia para aquellos despistados que piensan que el Opus Dei es sólo para gente rica.

Luis Fernández Cuervo luchofcuervo@gmail.com


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