

La virtud que el líder totalitario glorifica es la obediencia y si es ciega más la aprecia. La obediencia explica esa figura tan cara a los revolucionarios y al Presidente Chávez: el traidor.
Por Baldomero Vasquez Soto
NuevoEncuentro 17/11/08
Las múltiples y heterogéneas actividades que realizamos los seres humanos podemos agruparlas, siguiendo a Castoriadis, según su carácter público o privado en tres grandes esferas relativamente autónomas: “la esfera privada, la esfera privada/pública y la esfera pública”. Digamos que la primera es el lugar propio de la vida personal, familiar e íntima de la gente donde se desarrollan las preferencias individuales de: religión, profesión, comida, ropa, música, deporte, pareja, educación de los hijos. La segunda es el mundo de la empresa privada, los partidos políticos, los sindicatos, los gremios, las ONG. La tercera esfera es el reino propio del Estado, de los poderes (ejecutivo, legislativo, judicial), de las Fuerzas Armadas. Atravesando esa trinidad de esferas está la Ley como el instrumento de regulación de las relaciones que establecen Estado, actores sociales e individuos.
Pero, en la diferenciación arriba planteada no encaja todo tipo de sociedad. Es evidente que aquella pierde sentido, si el marco donde se despliega la convivencia social no es un régimen democrático. Éste es el único sistema que ha permitido la coexistencia, al interior de las esferas 1 y 2, de ideas diversas y disímiles. De allí –del pluralismo- es de donde la democracia deriva su fuerza de atracción que hace que con tanta voluntad se luche por conquistarla si no se tiene, fortalecerla cuando la corrupción la degrada y envilece, defenderla al verla amenazado de sucumbir y reestablecerla cuando alguna variante totalitaria –de derecha o de izquierda- logra destruirla.
En la lucha, política o social, democrática “el otro”, el adversario, se percibe como un semejante con ideas diferentes y hasta opuestas, pero a quien el Estado de Derecho –no un líder carismático, un semidios- le garantiza la libertad para pensar, leer, escribir, hablar, expresar sus ideas para convencer al “otro”, o, simplemente para vivir conforme a ellas; sin que por ello ponga en riesgo su vida o se le acose diariamente con prácticas mediáticas terroristas. La tolerancia marca las relaciones humanas entre los miembros de un mismo pueblo.
Por el contrario, la experiencia histórica nos enseña que las sociedades concretas (comunista o fascista) que se han presentado como alternativas a la democracia occidental suprimen las esferas 1 y 2 subordinándolas al poder, al Estado (esfera 3). En estos regímenes totalitarios el Estado se apropia de la vida privada de la gente (refiere Agnes Heller que el régimen comunista del Pol Pot “prohibió cerrar las puertas durante la noche para poder espiar los pensamientos y los actos más privados de la gente”) y considera que la autonomía y separación de los poderes no tiene razón de ser porque un solo poder es necesario: el ejecutivo, del cual son apéndices los demás poderes y, en definitiva, la sociedad en su conjunto.
Pero los hechos reales nos demuestran que lo que se establece en todos esos regímenes es la concentración del poder absoluto en manos de un líder idolátrico tipo Stalin, Hitler o Fidel (Socialismo del siglo XXI llama el Presidente Chávez al que él viene imponiendo desde arriba). La virtud que el líder totalitario glorifica es la obediencia y si es ciega más la aprecia. La obediencia explica esa figura tan cara a los revolucionarios y al Presidente Chávez: el traidor. Como no está permitido pensar, debatir y mucho menos disentir del líder idolátrico, quien lo haga será acusado de traición al líder (¡que es peor que ser traidor a la patria!) y de ser un agente del enemigo (el imperio). A un traidor nunca se le reconocerán motivaciones razonables para cambiar de opinión.
La infalibilidad del líder lo convierte en un ser que encarna la verdad. “Culto a la Personalidad ” es el nombre con el que se conoce este fenómeno moderno presente en los estados totalitarios. A Nikita Kruschev, ex-Primer Ministro de la URSS, se asocia haber acuñado el término porque su denuncia de los crímenes cometidos por Stalin –planteados en su discurso ante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en febrero de 1956- lo denominó “Informe Secreto sobre el Culto a la Personalidad ”.
El “Culto a la Personalidad ” es un elemento esencial del proyecto totalitario del Presidente Chávez. A diario vemos su empeño mediático en arropar con su imagen y sus insufribles dotes de sabelotodo a la sociedad. Para que se calibre lo terrible que sería para el porvenir del país esta amenaza ideológica -que daría al traste con la democracia venezolana- me permito finalizar con varias frases del “Informe Kruschev”:
¡Camaradas!…es ilícito y extraño al espíritu del marxismo y del leninismo elevar a una persona, transformarla en un superhombre dotado de características sobrenaturales, comparables a las de un dios
Entre nosotros se cultivó durante muchos años esa creencia en torno a un hombre, especialmente en torno a Stalin”.
Stalin no actuó mediante la persuasión, la explicación y la cooperación, sino imponiendo sus conceptos y exigiendo obediencia absoluta a su opinión. Quien se oponía a ello, o procuraba probar su punto de vista y la exactitud de su posición, quedaba sentenciado a la exclusión del mando colectivo y a la correspondiente aniquilación moral y física.
Stalin inventó el concepto “enemigo del pueblo”… este término hizo posible el uso de la más cruel represión, la violación de todas las normas de la legalidad revolucionaria contra cualquiera que, en una u otra forma, estuviera en desacuerdo con Stalin
lunes, 17 de noviembre de 2008
EL CULTO A LA PERSONALIDAD CONTRA LA DEMOCRACIA
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